WonkaPistas

15.4.06

Estampas del pueblo, I (lapidario)

Esta Semana Santa la hemos pasado en el pueblo de mi mujer. Sí, aquél del corral multicultural y de los ricos de avena. La ventaja del trabajo intelectual es que se puede llevar a cabo en casi cualquier sitio, lo que me permite desconectar de la ciudad unos días sin dejar de trabajar. Vean qué despacho más mono me monté en el comedor de la casa del pueblo.


En esta visita, lo que más me ha llamado la atención ha sido el cementerio. Las lápidas de las sepulturas, más bien. Hace un par de meses falleció la abuela de mi mujer y estos días hemos ido a visitar su nicho. Esta vez, no sé por qué, me fijé en las lápidas que cubren las tumbas. Las hay muy antiguas y, claro, muy modernas. Han acabado por gustarme las más antiguas, que tienen un estilo muy parecido desde finales del siglo XIX hasta, casi, el primer tercio del XX. Son lápidas hechas de cerámica, con el texto no grabado, como hoy, sino pintado. El fondo es blanco, las letras van en negro, como en las esquelas de los periódicos. Muchas veces, al recuerdo de los familiares del fallecido se añade una poesía, no sé si escrita para la ocasión o extraída de un repertorio de poemas funerarios. Suelen incluir también un dibujito de un camposanto o de una tumba, sin que falten unos cipreses.

La más antigua del cementerio es de 1877 y es deliciosa en su inocencia, y en su falta de dominio de la ortografía. Vean.


Al parecer, el “joben” se ahogó en las aceñas, esto es, en el molino (de agua), y, estando en la flor de la vida, sus padres le dedicaron un recuerdo así de historiado. El que lo transcribió a la cerámica apenas sabía escribir y cometió algunas faltas maravillosas (mi preferida es “y lusoria” por “ilusoria”).





Esta otra, de 1909, también contiene un poema, junto con el dibujo de una sepultura.

















Y en ésta, también de 1909, el RIP (en realidad, “R Y P”) se esfuerza por distinguirse de una hilera de cipreses y otros motivos decorativos. Esta vez, el poema es mucho más corto, de apenas cuatro versos, dedicado a la madre anciana fallecida.
















Las que hay de los años veinte y primeros treinta son del mismo estilo, pero algo más sobrias y no todas transcriben un poema. Ésta, de 1927, no lo hace.













Ésta, de 1930, tampoco. Además, ya no tiene forma de capillita, sino que es rectangular y está formada por seis baldosines. Es una de mis preferidas, por el acertijo ortográfico-lingüístico con el que comienza: “He ya aquí descansan los restos mortales...”.












Me ha costado averiguar su significado, pero lo he hecho, gracias a otra lápida. Ésta.












Como ven, al final, su redactor ha puesto “Su esposa he hijos le dedican...”. No sé si entonces la conjunción “e” se escribía así. Imagino que no, y que el error se debía a confundir la conjunción con la primera persona del singular del verbo haber. La errata de la lápida de los seis baldosines es una requete-errata, pues, supongo, quería decir esto: “Y ya aquí descansan los restos mortales...”. El escribiente creyó que, como “ya” empieza por el sonido /i/, debía sustituir “y” por “e” (como en “esposa e hijos”), y, además, confundió “he” por “e”. Quizá por entonces se admitía la conjunción "e" delante de "y", pero, desde luego, ponerle una "h" delante (tomándola prestada del verbo haber) es una maravillosa burrada.

Entre las más modernas, las que más me han llamado la atención son estas dos. La primera es de un médico que falleció a finales de los cincuenta, de una de las familias con más posibles del lugar. Lo cual se refleja, claramente, en la fábrica de la lápida: un bajorrelieve con el rostro del fallecido y unos ángeles.




















La otra también es de una familia de las más ricas, lo cual también se observa en la lápida (de 1979), pero me parece más interesante el motivo grabado en el mármol.

La tumba es de una mujer que falleció a los 54 años, al parecer, soltera. El dibujo representa a una mujer tumbada boca arriba, quizá muerta, y a otra que, delicadamente, posa sus labios en la frente de la primera, mientras acaricia su barbilla y sus cabellos. Quizá se trate de un motivo único; al menos, es muy original. Le pregunté a mi suegra por esta mujer y me dijo que nunca había vivido en el pueblo, que estaba loca y que su familia la había tenido durante muchos años en Toledo, quizá en un sanatorio psiquiátrico. A mí, el dibujo me suena más a un amor imposible, pero quién soy yo para imaginar realidades alternativas.

2 Comments:

  • Bonitas inscripciones y lápidas, sobre todo la última. Me han hecho pensar en la vida, en la muerte, y en por qué unos posts invitan a comentar y otros no.

    A mi también me gusta curiosear en los cementerios, pero reconozco que me da dolor de estómago después de un rato viendo fotos descoloridas y oliendo flores semipodridas. No somos nada.

    Mi abuela está en uno de esos cementerios de Barcelona, en una calle con nombre, en no sé qué piso de un enorme bloque de lápidas. Es descorazonador.

    By Anonymous Paula, at 4/24/2006 10:23 p. m.  

  • No somos n'a, y menos que vais a ser.

    By Anonymous Anónimo, at 10/13/2006 9:57 p. m.  

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