El mito de los tres primeros años
El título de esta anotación está tomado del libro de quien más se caracterizó, en su momento, por negar la idea de la venta de los 0 a 3 años, John T. Bruer, quien, como Mead, advirtió de las consecuencias perniciosas que pueden derivarse de esa errónea creencia, tanto para las políticas educativas como para las decisiones educativas de las familias. Su libro se publicó hace unos años en castellano. Su primer capítulo, en inglés, puede leerse aquí.
Una de las principales consecuencias es que tendamos a pensar que, puesto que a los tres años quedan fijadas las predisposiciones y capacidades para aprender, tendamos a justificar por ello el fracaso de las instituciones escolares en desarrollar el potencial de aprendizaje y conocimiento de niños y adolescentes. Como apunta Mead,
Overselling the importance of the first three years also has serious implications for education policy. The key debate of the accountability era is whether or not it is reasonable to expect schools to close the large achievement gaps that currently exist between poor and affluent students and between white and black or Hispanic students. But if, as the supporters for zero to three contend, the brain becomes hardwired in the first three years of life, then schools shouldn’t be responsible for closing achievement gaps: Learning abilities are set in a child’s brain before they enter kindergarten, and little can be done to alter them. As Richard Rothstein writes in his book Class and Schools, which argues that public schools cannot close achievement gaps, “Most of the social class difference in average academic potential exists by the time children are
three years old.”
Otra es que podríamos estar gastando en otras necesidades los buenos dólares o euros que cuestan los CDs del programa "Baby Einstein" de turno, o los CDs de música de Beethoven o Mozart para bebés y otros infantes.
La misma idea de adelantar todavía más la escolarización de los niños, tan cara a nuestros gobernantes a lo ancho de todo el espectro político, también sería, en parte, deudora de una creencia como la que comentamos. Más que generalizar la escolarización a los dos o tres años de edad (o, ejem, al año), tendría, según lo que argumenta Mead, centrar los esfuerzos en los niños más necesitados, con una enseñanza preescolar de mucha calidad. Quizá así podría reducirse más la distancia entre clases o entre "etnias".
Por último, como ocurre con el libro de Judith Rich Harris, El mito de la educación, que ya comenté hace tiempo, desmontar esa creencia errónea liberaría a los padres de uno más de los sentimientos de culpa con los que se han ido cargando en las últimas décadas, el de no estar ofreciendo un ambiente lo suficientemente enriquecedor a sus hijos bebés. Seguramente, no esté de más que lo procuren, pero, en fin, que a sus hijos no les va en ello la vida, o el acceso a la Universidad.
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